No sabíamos que algún día echaríamos de menos precisamente aquella mesa tan corriente: el mismo mantel, las tazas de café, la abuela recogiendo aunque todos le dijeran que se sentara y el abuelo contando por enésima vez una historia que todos conocíamos.
Cuando nos marchábamos, mi abuela siempre nos acompañaba hasta la puerta: «Venid más a menudo, no tardéis tanto».
«Sí, abuela, volveremos».
Y lo decíamos convencidos. Porque de niños creemos que ciertas cosas no pueden terminar. Que la casa de los abuelos siempre estará allí, que el abuelo seguirá sentado en su sitio, que la abuela volverá a abrirnos la puerta y que siempre habrá otro domingo.
Pero pasan los años. Llegan el trabajo, los hijos, las obligaciones. La familia se reparte por distintas ciudades y aquellas visitas que antes sucedían espontáneamente ahora necesitan agendas y semanas de organización.