DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

Y desaparecía rumbo a la cocina.

Quizá aquella era la primera magia de mi abuela: daba igual cuántas personas aparecieran sin avisar, siempre encontraba algo que poner sobre la mesa. Podíamos llegar cuatro y, media hora después, presentarse una tía con los primos. Ella nunca suspiraba ni contaba platos preocupada. Al contrario: «¡Qué bien, hoy tengo aquí a todos los míos!».

Y la mesa parecía hacerse más grande.

Aparecían pan, queso, aceitunas, jamón, chorizo, un trozo de tortilla que había quedado del mediodía o cualquier cosa que tuviera preparada. Si hacía falta, calentaba un guiso que pensaba guardar para la cena. Nosotros insistíamos en que no teníamos hambre. Ella ni discutía: simplemente nos ponía un plato delante.

El abuelo tenía otra forma de recibirnos. Podía estar leyendo el periódico, escuchando la radio o arreglando cualquier cosa, pero al vernos dejaba lo que estaba haciendo. «¡Hombre, por fin os acordáis de los viejos!», decía sonriendo, aunque nos hubiera visto hacía apenas unos días.

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