Cuando alguien regresó, no llamó.
Dejó unos zapatos gastados y una petición que el zapatero entendió sin necesidad de palabras.
Su hija Rosa conoció la historia mucho después, cuando Aurelio le entregó la pequeña llave que llevaba siempre colgada al cuello.
Pero todo había comenzado junto a una acequia, en un pueblo cercano a Riobamba, al pie del Chimborazo.
Aurelio tenía treinta y cuatro años y trabajaba en el mismo taller donde su padre, don Manuel, le había enseñado el oficio.
Allí reparaban botas, ajustaban zapatos infantiles y cambiaban suelas hasta que el cuero ya no admitía otra costura.
Don Manuel decía que un buen zapatero ayudaba a las personas a completar su camino. Para recordarlo, marcaba cada tacón con un pequeño triángulo, semejante al perfil del volcán visto desde la puerta.
Aurelio había heredado la herramienta y la costumbre.
Una noche regresaba de entregar unas botas en una hacienda
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