El Secreto del Convento

…eso no puede ser.
Fonseca se quedó inmóvil, con las tijeras aún en la mano. Miró el reloj en la pared. Eran las 11:47 de la noche.
—¿Qué hacemos, doctor? —preguntó Camilo, con la voz apenas audible.
Fonseca cerró los ojos. Quince años en esta morgue. Había visto de todo. Cuerpos mutilados. Accidentes terribles. Crímenes sin resolver. Pero esto… esto era diferente.
—Vamos a esperar —dijo finalmente.
Camilo lo miró como si hubiera perdido la razón. —¿Esperar? ¿Dos horas? ¿Por qué?
—Porque si esto es real… si alguien escribió esto antes de morir… entonces hay algo que no queremos encontrar con el bisturí.
Cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Se sentaron en las sillas de plástico del rincón. Nadie habló. El reloj marcaba los segundos con una lentitud insoportable.
A las 12:15, el teléfono de la morgue sonó. Fonseca contestó. Era la madre superiora del Convento de Santa Clara.
—Doctor Fonseca —dijo la mujer, con la voz temblorosa—, necesito que me diga algo. ¿Ya realizó la autopsia?
—No, madre. Estamos esperando.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la madre superiora susurró: —Dios mío. Entonces es verdad.
—¿Qué es verdad? —preguntó Fonseca.
—Hermana Lucía… ella sabía que iba a morir. Hace tres días me pidió que le diera algo. Un veneno de acción lenta. Dijo que era necesario. Que si moría de cierta manera, ustedes encontrarían un mensaje.
Fonseca sintió un frío en la espalda. —¿Qué clase de veneno?
—No lo sé. Ella lo consiguió de alguien. Pero me dijo… me dijo que si encontraban el mensaje, que les dijera que buscaran en la capilla del convento. Detrás del altar. Hay una piedra suelta.
—¿Qué hay detrás de esa piedra?
La madre superiora guardó silencio por un momento largo. —El pecado de nuestra fundadora. El pecado que ha mantenido este convento en pie durante trescientos años.
Fonseca colgó. Miró a Camilo. —Tenemos que ir al convento.
—¿Ahora? ¿En la madrugada?
—Ahora.
Manejaron en silencio por las calles vacías de Puebla. El convento se alzaba al final del camino, oscuro y silencioso, como una sombra gigante contra el cielo nocturno.
La madre superiora los esperaba en la entrada. Su rostro estaba pálido, sus manos temblaban.
—Vengan —dijo, y los guio por los pasillos oscuros hasta la capilla.
Era una capilla pequeña, con velas encendidas y un altar de madera tallada. La madre superiora caminó hasta detrás del altar. Se arrodilló. Movió una piedra del suelo.
Fonseca se acercó. Dentro del hueco había una caja de metal oxidada. La sacó con cuidado. La abrió.
Dentro había un diario. Las páginas estaban amarillas por el tiempo. Y en la primera página, escrito con tinta descolorida:
“Yo, Madre María de la Concepción, fundadora de este convento, confieso mi pecado. En 1723, vendí mi alma para proteger a estas mujeres. El precio fue un pacto. Cada treinta años, una de nosotras debe morir para renovar el pacto. Si el pacto se rompe, todas moriremos. Y lo que está enterrado debajo de este convento… despertará.”
Fonseca sintió que el suelo se movía bajo sus pies. —¿Qué está enterrado aquí?
La madre superiora no contestó. Solo señaló el suelo de la capilla.
Fonseca se arrodilló. Pegó el oído al suelo de piedra.
Y lo escuchó.
Un latido. Lento. Profundo. Como si algo enorme estuviera durmiendo debajo de ellos.
—Hermana Lucía —susurró la madre superiora—, era la elegida para este ciclo. Pero ella descubrió la verdad. Descubrió que el pacto no era con Dios. Era con algo más antiguo. Algo que vive debajo de esta tierra desde antes de que llegáramos.
—¿Y qué pasa si no se renueva el pacto? —preguntó Fonseca.
La madre superiora lo miró con ojos llenos de miedo. —Entonces despierta.
En ese momento, el reloj de la capilla marcó las 2:00 de la madrugada. Las dos horas habían pasado.
Y desde la morgue, a kilómetros de distancia, Camilo recibió una llamada. Era el guardia de seguridad.
—Doctor… el cuerpo… la monja…
—¿Qué pasa? —preguntó Camilo, con la voz temblorosa.
—Está respirando.
Fonseca cerró el diario.

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