—¿Qué hay dentro? —pregunté.
—Lo abrirás después de la cena.
—¿Por qué no ahora?
—Porque si lo abres ahora, quizá no quieras quedarte hasta el final.
Su respuesta me heló la sangre.
Empecé a pensar que tal vez estaba gravemente enfermo y que el sobre contenía su testamento. Entonces noté que sus amigos evitaban mirarme a los ojos. Pedimos la comida, pero yo no podía tragar ni un solo bocado.
Los hombres hablaban de sus años de juventud. De vez en cuando mencionaban a una mujer llamada Laura, pero cada vez que pronunciaban su nombre, mi padre se tensaba.
Laura era el nombre de mi madre.
—Realmente te pareces mucho a ella —dijo finalmente Robert.
—¿Conoció bien a mi madre?
Estaba a punto de responder cuando mi padre lo interrumpió.
—No hemos venido aquí para hablar de ella.
—Entonces, ¿para qué hemos venido? —pregunté—. ¿Qué me están ocultando todos?
Nadie respondió.